Profesor Titular de la UPNA-NUP
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Materiales y texto de la conferencia, presentada como acto único en el marco de las Jornadas Escuelas con Memoria en la UPNA: los lenguajes de la memoria / Memoriaren hizkuntzak NUPen: Memoria duten Eskolak, celebradas el 14 de noviembre de 2024 en la Sala Fernando Remacha del Sario (UPNA).
Resumen en euskera al final de este artículo / Laburpena euskaraz artikuluaren bukaeran
RESUMEN
Este trabajo examina la génesis y evolución de la enseñanza universitaria del euskera en Navarra, desde las primeras iniciativas impulsadas por la Diputación Foral en los años setenta hasta la consolidación de la línea de euskera en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) a comienzos del siglo XXI. Se analiza el papel de la Universidad de Zaragoza como marco inicial de tutela y el impacto del proceso autonómico, que condujo a la separación entre Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca, dando lugar a un modelo foral propio.
A través de fuentes documentales, periodísticas y testimoniales, se reconstruyó la actitud de la UPNA hacia el euskera tras su creación en 1987. La convulsa y azarosa “infancia” del euskera en la universidad navarra fue un proceso atravesado por tensiones lingüísticas, resistencias institucionales y episodios de exclusión. En conjunto, el artículo ofrece una lectura histórica y sociolingüística del desarrollo del euskera en la educación superior de Navarra, analizando la interacción entre lengua y política en la construcción del espacio universitario de la Comunidad Foral.
Palabras clave: Escuela de Profesorado; Magisterio; Universidad de Zaragoza; Universidad Pública de Navarra; euskera; universidad; Navarra; política lingüística; educación superior; política universitaria; sociolingüística.
ABSTRACT
This article examines the origins and development of university-level teaching in Basque (Euskera) in Navarre, from the first initiatives promoted by the Provincial Council in the 1970s to the consolidation of the Basque-language track at the Public University of Navarre (UPNA) in the early twenty-first century. The study begins with the context created by Spain’s 1970 General Education Law and highlights the pioneering role of the Huarte de San Juan Teacher Training College, affiliated with the University of Zaragoza, where in 1986 the first full university programme taught entirely in Basque was introduced.
Drawing on documentary, journalistic, and testimonial sources, this study reconstructs the University of Navarre’s stance toward the Basque language after its establishment in 1987. The turbulent and uncertain “childhood” of Basque within the university was shaped by linguistic tensions, institutional resistance, and episodes of exclusion. Overall, the article provides a historical and sociolinguistic reading of the development of Basque in higher education in Navarre, examining the interaction between language and politics in the shaping of the university sphere of the Foral Community.
Keywords: Teaching School; University of Zaragoza; Public University of Navarre; Basque language; university; Navarre; language policy; higher education; university policy; sociolinguistics.
LABURPENA
Lan honek unibertsitateko euskal irakaskuntzak Nafarroan izan duen sorrera eta bilakaera aztertzen du, Nafarroako Foru Aldundiak 70eko hamarkadan sustatutako lehen ekimenetatik hasi eta XXI. mendearen hasieran Nafarroako Unibertsitate Publikoan (NUP) euskal lerroa sendotu zen arte. Lana 1970eko Hezkuntzako Lege Orokorrak irekitako testuingurutik abiatzen da, eta Zaragozako Unibertsitateari atxikitako "Huarte de San Juan" Irakasleen Unibertsitate Eskolaren zeregin aitzindaria nabarmentzen du; izan ere, 1986an ezarri zen euskara hutsezko lehen unibertsitate lerroa Nafarroan.
Dokumentu, kazetaritza eta testigantza iturrien bidez, NUPek 1987an sortu ondoren euskararekiko izan zuen jarrera aztertzen da. Hasiera hartan tentsio linguistikoak eta euskararekiko erresistentziak izan ziren nagusi. Euskara unibertsitatean baztertzeko edo desagertarazteko ahaleginak ohikoak izan ziren, eta agerian utzi zuten Nafarroako unibertsitate eremuan euskararen "haurtzaro" gorabeheratsua. Oro har, artikuluak Nafarroako goi-mailako hezkuntzan euskarak izan duen garapenaren irakurketa historiko eta soziolinguistikoa eskaintzen du, Foru Komunitateko esparru akademikoaren eraikuntzan hizkuntza eta politikaren arteko elkarrekintza aztertuz.
Gako hitzak: Irakasle Eskola; Zaragozako Unibertsitatea; Nafarroako Unibertsitate Publikoa; euskara; unibertsitatea; Nafarroa; hizkuntza-politika; goi-mailako hezkuntza; unibertsitate-politika; soziolinguistika..
Figura 2. Presentación de la conferencia divulgativa titulada Línea de Magisterio en euskera, nacimiento y azarosa infancia incluida dentro de las jornadas Escuelas con Memoria organizadas por la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad Pública de Navarra - Nafarroako Unibertsitate Publikoa
Introducción
A partir del Decreto General de Educación de 1970, que por primera vez permitía el uso de las lenguas vernáculas en la enseñanza, en Navarra se abrió un nuevo horizonte para la incorporación del euskera al sistema educativo. Esta apertura normativa coincidió con una creciente demanda social de formación de profesorado capacitado en lengua vasca, impulsada por el renacer cultural y lingüístico que acompañó el final del franquismo.
En este contexto, la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB de Navarra, entonces dependiente de la Universidad de Zaragoza, desempeñó un papel pionero en el ámbito sociolingüístico. La creación de una línea de euskera dentro de los estudios de Magisterio respondió a una necesidad social emergente: la de dotar a las nuevas generaciones de maestros de herramientas lingüísticas y pedagógicas para enseñar en euskera en un sistema educativo todavía monolingüe.
Más allá de su dimensión académica, aquella iniciativa tuvo un fuerte valor simbólico. Representó uno de los primeros reconocimientos institucionales de la diversidad lingüística de Navarra y de la legitimidad del euskera como lengua de cultura y de docencia. La Escuela se convirtió así en un espacio de confluencia entre el mundo universitario y los movimientos sociales que reclamaban una educación bilingüe, abierta y enraizada en la realidad lingüística del territorio. A través de la formación del profesorado, se sentaron las bases de un proceso de normalización que, aunque lento y desigual, resultaría decisivo para el futuro del euskera en el ámbito educativo navarro.
1. Antecedentes históricos
1.1. Raíces de la búsqueda de un espacio universitario propio
El interés institucional por los estudios de enseñanza superior en Navarra tiene raíces muy antiguas. Puede rastrearse hasta los proyectos universitarios medievales impulsados en territorio navarro. Entre ellos destacan el Estudio General de Tudela, promovido por Teobaldo II de Navarra (1253–1270), y el intento de Universidad de Ujué, impulsado en el siglo XIV por el rey Carlos II. El primero, fundado en 1259, llegó a configurarse como un centro de enseñanza superior en el que se impartían estudios de Derecho civil y canónico (ius commune), alcanzando, según la historiografía reciente, el rango de decimoctava institución universitaria en el contexto europeo (Jimeno Aranguren, 2023).
Por su parte, el proyecto universitario de Ujué (1376), concebido expresamente como una “Universidad de Navarra y para Navarra”, contó con la implicación del monasterio de Irache, a través de la figura del abad Juan de Azanza (Burgi, 2017). Sin embargo, al igual que otras iniciativas de este periodo, no llegó a consolidarse institucionalmente.
Estas iniciativas tempranas ponen de manifiesto que la aspiración a dotar a Navarra de un espacio universitario propio no es un fenómeno contemporáneo, sino una constante histórica que se remonta, al menos, a la Edad Media.
En la Edad Moderna, esta aspiración encontró una primera concreción institucional en el monasterio benedictino de Irache, donde ya en 1539 se impartían enseñanzas de artes y lenguas clásicas (Goñi Gaztambide, 1960). Tras diversas gestiones impulsadas en el ámbito monárquico y eclesiástico, el centro obtuvo rango universitario en 1615 mediante bula del papa Paulo V, y la aprobación de sus estatutos en 1618 permitió regular su funcionamiento académico y administrativo, consolidándolo como la principal institución universitaria de Navarra en la Edad Moderna (Lahoz Finestres y Lizarraga Rada, 2021).
A comienzos del siglo XVII se documenta, además, un nuevo intento de creación de una universidad en Pamplona (1608), concebida como “Universidad de Letras humanas y divinas” a instancias de las Cortes del Reino. Este proyecto tampoco llegó a materializarse, lo que refuerza la idea de una demanda persistente de institucionalización universitaria que no siempre encontraba cauces estables.
En paralelo, en Gipuzkoa, el humanista Rodrigo Mercado de Zuazola fundó en 1540 la Universidad de Oñati, considerada la primera universidad propiamente vasca y vinculada al obispado de Pamplona. Durante el siglo XVI, y ante la ausencia de una universidad consolidada en Navarra, numerosos estudiantes navarros acudieron a Oñati para cursar estudios superiores.
Ya en el siglo XVIII, en el contexto de la Ilustración, la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País impulsó el Real Seminario Patriótico de Bergara (1779), un centro pionero en la introducción de métodos experimentales y en la configuración de un modelo laico de enseñanza científica. Aunque su desarrollo se vio condicionado por la inestabilidad política de finales de siglo, supuso un avance significativo en la modernización de la enseñanza superior en el ámbito vasco.
1.2. El siglo XIX
Durante el siglo XIX se multiplicaron los proyectos universitarios en el ámbito vasco-navarro. El más ambicioso fue la propuesta de Universidad Vasco-Navarra de 1866, promovida oficialmente por la Diputación de Navarra y dirigida a las diputaciones de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia. El documento, recientemente redescubierto y difundido por la editorial Mintzoa (Etxeberria Cayuela, 2023), recogía un proyecto detallado de financiación, organización y plan de estudios, con asignaturas de Medicina, Derecho, Ciencias y Filosofía, pero no de Teología, por estar ya cubierta por los seminarios eclesiásticos. En él se apelaba a la necesidad de “conservar en los jóvenes el amor a la familia, el sentimiento patrio y el respeto a sus instituciones, y permitirles adquirir la ciencia sin traspasar las fronteras de su tierra natal”.
Aquel documento refleja un temprano proyecto de educación superior compartida entre las cuatro provincias vascas, sustentado en un sentimiento político-cultural común y en la aspiración de formar profesionales dentro del territorio. Sin embargo, el contexto convulso del momento, marcado por las tensiones políticas del periodo y las guerras carlistas, frustró la iniciativa.
Este fracaso no fue un hecho aislado. A lo largo del siglo XIX se sucedieron diversos intentos de institucionalizar estudios superiores en el conjunto del territorio: en Álava se proyectó una Universidad Literaria en Vitoria (1869–1873) que no llegó a consolidarse, mientras que en Gipuzkoa tampoco prosperó la reactivación de la Universidad de Oñati. En paralelo, en Bizkaia se desarrollaron centros de carácter técnico, como la Escuela de Náutica —de larga tradición— o la Escuela de Comercio (fundada en 1818), que anticipaban un modelo de formación más práctico y especializado.
Paralelamente a estos intentos de articulación universitaria, en las últimas décadas del siglo se observa un creciente interés por la institucionalización del euskera en el ámbito cultural y académico. En 1883 se creó la Asociación Euskara de Navarra (Nafarroako Euskarazko Elkargoa), que refleja la emergencia de un movimiento organizado de promoción de la lengua. En esta misma línea, tanto la Diputación de Bizkaia como la de Navarra impulsaron la creación de cátedras de euskera: en 1888 en el Instituto Vizcaíno de Bilbao y, posteriormente, en 1897 en el ámbito de la Diputación Foral de Navarra.
En el caso de la cátedra vizcaína, el proceso de selección tuvo una notable repercusión, al concurrir figuras que posteriormente adquirirían gran relevancia en la historia cultural e intelectual, como Sabino Arana, Miguel de Unamuno y Resurrección María de Azkue, resultando finalmente este último adjudicatario de la plaza. Estos episodios ponen de manifiesto tanto el interés creciente por el estudio del euskera como las tensiones en torno a su encaje en el ámbito académico.
En este contexto, y ante la dificultad de consolidar una universidad pública común, surgieron iniciativas de carácter privado. En 1883 se constituyó en Bizkaia la sociedad “La Enseñanza Católica”, de la que nacería el Colegio de Deusto, que comenzó a impartir docencia en 1886 y acabaría consolidándose como universidad. Asimismo, la creación en 1897 de la Escuela de Ingeniería Industrial de Bilbao reforzó el desarrollo de una enseñanza superior de carácter técnico, marcando el inicio de una nueva etapa en la configuración del sistema universitario en el ámbito vasco.
1.3. El siglo XX
1.3.1. Primer tercio de siglo
Ya en 1916, la pedagoga navarra María Ana Sanz había llamado la atención sobre la necesidad de institucionalizar el estudio del euskera en su artículo “Cátedra de vascuence”, publicado en Diario de Navarra, anticipando algunas de las demandas que cristalizarían pocos años después.
En 1918, el catedrático Ángel de Apraiz pronunció en Bilbao la conferencia Pro Universidad Vasca, en la que defendía la creación de una institución propia que evitara la salida de estudiantes hacia otras universidades. Ese mismo año se celebró en Oñati el Primer Congreso de Estudios Vascos, organizado por las diputaciones y diversas instancias eclesiásticas, del que surgió la Sociedad de Estudios Vascos – Eusko Ikaskuntza. Este organismo asumió la elaboración de un proyecto de Universidad Vasca, articulado entre 1918 y 1923, que retomaba el ideal de una estructura universitaria común para el conjunto del territorio.
El impulso continuó con la celebración en 1920 del Segundo Congreso de Eusko Ikaskuntza en Pamplona, lo que evidencia la implicación navarra en este proceso. Paralelamente, comenzaron a materializarse algunos avances concretos en el ámbito educativo: en 1922 se creó una cátedra de euskera en la Escuela de Magisterio de Pamplona, obtenida por Jesús Aranzadi, lo que supone uno de los primeros pasos en la incorporación efectiva de la lengua vasca a la formación del profesorado.
Sin embargo, el proyecto universitario común no llegó a consolidarse. En 1923, Eusko Ikaskuntza presentó formalmente la propuesta de Universidad Vasca, pero el golpe de Estado de Primo de Rivera paralizó el proceso y frustró nuevamente la posibilidad de articular una institución universitaria propia.
1.3.2. El Golpe de Estado de 1936 contra la República
El golpe de Estado de 1936 contra la República supuso una ruptura de los procesos de institucionalización cultural y académica que se habían venido gestando en las décadas anteriores. La sublevación no fue únicamente de carácter político y militar, sino que implicó también una ofensiva contra el ámbito intelectual, universitario y cultural.
Un episodio especialmente significativo de esta confrontación tuvo lugar el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. En aquel acto, el rector D. Miguel de Unamuno se enfrentó públicamente al general Millán-Astray, en un choque dialéctico que ha quedado como símbolo del enfrentamiento entre cultura y autoritarismo. Ante los gritos atribuidos a Millán-Astray —«¡Muera la inteligencia!, ¡Viva la muerte!»—, Unamuno respondió con su conocida frase: «Venceréis, pero no convenceréis». Este episodio refleja el clima de hostilidad hacia el pensamiento crítico y la producción intelectual en el contexto del bando sublevado.
Por el contrario, en la zona republicana y en pleno conflicto bélico se siguieron desarrollando diferentes iniciativas culturales a pesar de las dificultades evidentes; así, el Gobierno Vasco presidido por José Antonio Aguirre, con Jesús María de Leizaola al frente de la Consejería de Cultura, impulsó la creación de una universidad propia. El 1 de diciembre de 1936 se inauguró en Bilbao, en el antiguo Hospital Civil de Basurto, la denominada Universidad Vasca o Euzko Irakastola Nagusia. Aunque su existencia fue breve (quedó clausurada en 1937 tras la caída de Bilbao), su creación tuvo un fuerte valor simbólico, al materializar por primera vez, aunque fuera por muy poco tiempo, el proyecto de una institución universitaria propia en lengua y cultura vascas.
La guerra y la posterior instauración del régimen franquista interrumpieron este proceso y supusieron el desmantelamiento de las iniciativas académicas vinculadas al euskera, inaugurando un periodo de profunda regresión en su presencia en la enseñanza superior.
1.3.3. El euskera bajo el franquismo
Tras la guerra, el panorama educativo y universitario se reconfiguró profundamente bajo el control del nuevo Estado franquista. En Navarra, este proceso afectó también a las instituciones de formación del profesorado: la Escuela de Magisterio incorporó incluso simbólicamente los emblemas del nuevo régimen, como la laurea añadida a su escudo, reflejo de la nueva orientación ideológica impuesta.
En este contexto de fuerte control institucional, el euskera quedó excluido del sistema educativo oficial. No obstante, en 1949 la Diputación Foral de Navarra autorizó la impartición de clases de euskera fuera del sistema reglado. Fruto de este acuerdo, el 8 de enero de 1951 el maestro Francisco Tirapu Retegui inició la enseñanza de la lengua en la Cámara de Comptos, actividad que posteriormente continuó en otros espacios educativos, como la Escuela de Comercio o dependencias compartidas con la propia Escuela de Magisterio (Jimeno Jurío, 1996). Estas iniciativas, aunque limitadas, evidencian la persistencia social del euskera incluso en un contexto adverso y anticipan dinámicas que, años más tarde, se articularían de forma más estructurada.
En el ámbito de la enseñanza superior, el vacío de una universidad pública en Navarra fue ocupado por la Universidad de Navarra, fundada en 1952 por el Opus Dei, que consolidó una posición hegemónica en el sistema universitario navarro bajo parámetros confesionales. Esta institución inició en 1963 la Cátedra de Lengua y Cultura Vasca, dirigida por el antropólogo y sacerdote Aita José Miguel de Barandiarán, quien impartió docencia entre 1964 y 1978.
La Ley General de Educación de 1970, impulsada por José Luis Villar Palasí, introdujo por primera vez un margen para la incorporación de las lenguas vernáculas en el currículo educativo. Sin embargo, su aplicación fue limitada: se contemplaba únicamente la enseñanza voluntaria de la lengua nativa para alumnado cuya lengua materna no fuera el castellano, generalmente fuera del horario lectivo, lo que reducía su alcance a una medida más simbólica que estructural.
Este marco fue desarrollado mediante el Decreto 1433/1975, aprobado bajo el ministerio de Cruz Martínez Esteruelas, que reguló la inclusión de las lenguas propias en los programas de Educación General Básica y preescolar. La medida fue recibida con expectativas en algunos sectores, que la interpretaron como una apertura significativa. Así lo refleja, por ejemplo, el titular en euskera del suplemento de Príncipe de Viana de junio de ese mismo año: “Euskera ofizialki eskoletan” (“El euskera oficialmente en las escuelas”), donde se celebraba, con tono casi incrédulo, que el euskera hubiera “entrado oficialmente” en las aulas del Estado español, calificando el 30 de mayo como “un día memorable”. (ver fig. 3).
No obstante, más allá de esa recepción esperanzada, este desarrollo normativo respondió en gran medida a la necesidad de regular y encauzar un proceso ya en marcha, impulsado tanto por la sociedad civil como por instituciones locales, entre ellas la propia Diputación Foral de Navarra, que desde finales de los años cincuenta había promovido iniciativas de fomento del euskera y había tolerado la expansión de las ikastolas (Maeztu Esparza, 2020).
En conjunto, la legislación educativa de los últimos años del franquismo configuró una apertura controlada: permitió ciertos márgenes de actuación en torno a las lenguas vernáculas, pero sin alterar la estructura jerárquica del sistema educativo. Con todo, estas limitaciones no impidieron que se generaran dinámicas que resultarían decisivas en la etapa posterior, sentando las bases para la incorporación progresiva del euskera a la enseñanza reglada y, más adelante, para el desarrollo de iniciativas específicas en la formación del profesorado.
En paralelo, en otros territorios del entorno vasco se produjeron desarrollos institucionales de mayor alcance. Así, por ejemplo, en Bilbao la creación en 1955 de la Facultad de Ciencias Económicas sentó las bases de la futura Universidad de Bilbao (1968), que a su vez sería el germen de la Universidad del País Vasco. Asimismo, la propia Ley General de Educación favoreció la integración de diversas escuelas técnicas y de magisterio en estructuras universitarias, configurando un nuevo mapa de la enseñanza superior.
1.3.4. La Transición
La Diputación Foral, consciente de la especificidad lingüística del territorio y de la creciente demanda social, impulsó un acuerdo con la Institución Príncipe de Viana y con la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB de Navarra (entonces adscrita a la Universidad de Zaragoza) para financiar una Cátedra de Euskera que garantizara la contratación de profesorado especializado.
Merced a este acuerdo, pocos meses después de la muerte del dictador —en un contexto institucional todavía no plenamente democratizado—, en 1976 el claustro de la Escuela aprobó la inclusión del euskera como asignatura dentro del currículo. A partir de entonces, la lengua vasca comenzó a impartirse en los distintos niveles formativos del centro, abriendo así un camino pionero dentro de la enseñanza universitaria navarra. Aquella iniciativa, discreta pero de notable alcance sociolingüístico, respondía a una necesidad urgente: formar maestros y maestras capaces de enseñar en euskera en un momento en que la lengua apenas había recuperado presencia en el sistema educativo.
Paralelamente, en el ámbito social y universitario se reactivaron iniciativas culturales y académicas vinculadas a la idea de una universidad propia. En este contexto se inscribe la campaña “Euskal Unibertsitatea, bai / Universidad Vasca, sí”, que durante la segunda mitad de los años setenta impulsó la propuesta de crear un Distrito Universitario Vasco común para las cuatro provincias. La campaña adoptó como emblema un logotipo diseñado por Eduardo Chillida, que con el tiempo se convertiría en el símbolo oficial de la Universidad del País Vasco (ver fig. 4). En paralelo, en 1977 se celebraron por primera vez en Pamplona-Iruñea los cursos de la Universidad Vasca de Verano (Udako Euskal Unibertsitatea, UEU), con el apoyo del Ayuntamiento. Estas iniciativas reflejan la existencia de un movimiento social e intelectual favorable a la normalización del euskera también en el ámbito universitario (Aldasoro, 2001).
Ese mismo año, las elecciones generales del 15 de junio de 1977 —las primeras tras la dictadura— marcaron el inicio de una nueva etapa política. En ese contexto, durante los primeros años de la Transición (1975–1982), existió un amplio consenso entre las fuerzas progresistas en torno a la creación de un Distrito Universitario Vasco común que integrara las universidades de las cuatro provincias. Dirigentes políticos navarros, como Manuel de Irujo, Carlos Solchaga o Javier Iturbe, participaron en los debates sobre la futura articulación territorial y algunos de ellos en instituciones preautonómicas como el Consejo General Vasco; asimismo, parlamentarios socialistas navarros participaron en reuniones conjuntas de parlamentarios vascos, escenificando esa posible articulación común mediante actos simbólicos como su presencia bajo el Árbol de Gernika.
Esta orientación inicial experimentó un giro progresivo a medida que avanzaba el proceso de reorganización política a escala estatal. Las decisiones adoptadas en el seno del socialismo español contribuyeron a la desvinculación de Navarra respecto al proyecto autonómico común. De forma paralela, sectores nacionalistas moderados optaron por consolidar un marco autonómico viable limitado a tres provincias (Álava, Gipuzkoa y Bizkaia), en lo que puede interpretarse como una elección pragmática y cautelosa en un contexto político caracterizado por la incertidumbre.
En este proceso se configuró el Partido Socialista de Navarra (PSN), como evolución de la Agrupación Socialista de Navarra previamente vinculada al Partido Socialista de Euskadi, adoptando una posición favorable a un desarrollo institucional propio para Navarra. Este cambio de orientación tuvo consecuencias directas en el ámbito universitario: una vez consolidado en el Parlamento Foral, el PSN impulsó la creación de una universidad pública diferenciada, al margen de un posible distrito universitario vasco común.
1.4. La reivindicación de un Distrito Universitario propio para Euskal Herria
1.4.1. El Distrito Universitario Vasco: un borgiano jardín de senderos que se bifurcan
En los años de la Transición, el ámbito universitario estuvo marcado por un intenso debate sobre la necesidad de crear un Distrito Universitario Vasco. La campaña “Universidad Vasca, Sí – Euskal Unibertsitatea, Bai”, ya mencionada, trataba de impulsar la idea de una universidad común para las cuatro provincias vascas, concebida como un instrumento de articulación cultural, lingüística y académica.
Sin embargo, cuando en 1977 se constituyó el Distrito Universitario Vasco, este abarcó únicamente las tres provincias que hoy integran la Comunidad Autónoma Vasca. Navarra quedó fuera, pese a las numerosas voces que reclamaban su inclusión. En aquel momento, las universidades de Álava y Gipuzkoa se integraron en la de Bilbao, consolidando un modelo que excluía al territorio navarro y lo mantenía bajo la dependencia académica de Zaragoza.
1.4.2. El Debate sobre un Distrito Vasco Común para Hegoalde
El debate sobre esta exclusión fue intenso y quedó reflejado en diversas publicaciones de la época. Una cuidada selección de estos textos fue recogida por Román Felones (1996) en su obra La Universidad Pública de Navarra. Génesis y creación (1979–1987), que constituye una fuente de primer orden para comprender las distintas posiciones ideológicas y políticas en torno a la cuestión universitaria.
Entre los materiales reunidos por Felones destacan tres artículos publicados en Punto y Hora de Euskal Herria entre 1977 y 1978: «El Distrito Universitario del País Vasco», firmado por José Manuel Castells, y «No al aislamiento de Navarra» y «La Comisión Pro Distrito Común». Estos textos reflejan la polarización del debate y la importancia simbólica del distrito universitario en el contexto de la Transición.
Para comprender la profundidad de este debate, es necesario situarlo en el marco histórico del sistema universitario español. El modelo de distritos universitarios, establecido en 1845, consagró una organización centralizada que subordinaba a cada territorio a un rectorado ajeno a su realidad local. Navarra quedó integrada en el distrito de Zaragoza, mientras que los territorios vascos se repartieron entre los de Valladolid y Zaragoza, lo que dificultó la articulación de un espacio académico propio.
Esta fragmentación se consolidó durante el franquismo, que utilizó la estructura universitaria como instrumento de control político y cultural. Incluso las reformas educativas de los años sesenta, impulsadas por el ministro Villar Palasí, mantuvieron intacta esta lógica centralista. La creación de la Universidad de Bilbao en 1968 no vino acompañada de un distrito propio, y Navarra continuó dependiendo de Zaragoza.
1.4.3. Miguel Castells tiene la palabra sobre el Distrito Universitario del País Vasco
En este contexto, el artículo de José Manuel Castells (ver fig. 5) ofrecía un diagnóstico de fondo sobre la situación universitaria vasca. A su juicio, la ausencia de un distrito propio no constituía una mera anomalía técnica, sino el reflejo de una dependencia cultural prolongada, vinculada a la centralización del sistema universitario español. Desde su doble condición de jurista y participante en el movimiento ESEI (del que también era partícipe Gregorio Monreal), Castells defendía que la creación de una universidad vasca unificada debía entenderse como un paso esencial para el desarrollo de un autogobierno cultural basado en la lengua, la educación y la investigación (Felones, 1996; Jimeno Aranguren, 2020).
En sintonía con esta forma de pensar, Monreal, elegido senador por Gipuzkoa, desempeñó un papel relevante en el proceso constituyente, especialmente en relación con la defensa de la disposición adicional primera sobre los derechos históricos, mientras que Castells participó en la primera Comisión Mixta de Transferencias entre el Estado y las instituciones vascas. Ambos compartían una sensibilidad universitaria que vinculaba estrechamente la organización del sistema de enseñanza superior con la configuración del nuevo marco autonómico.
Desde esta perspectiva, la reivindicación de un distrito universitario común no respondía únicamente a criterios académicos, sino que se vinculaba a la posibilidad de diseñar políticas docentes y científicas ajustadas a la realidad sociolingüística del territorio. En este sentido, la ausencia de un distrito universitario vasco común podía interpretarse no solo como una limitación administrativa, sino también como un obstáculo para el desarrollo de una política universitaria propia.
La lectura conjunta de estos textos (recogidos por Felones, 1996) permite apreciar no solo la densidad del debate universitario en Hego Euskal Herria, sino también la magnitud de una oportunidad perdida: la de haber construido, en los albores de la democracia, un espacio académico común, plural y bilingüe que integrase la diversidad cultural y lingüística de todo el territorio vasco-navarro en una sola comunidad y un solo distrito universitario.
Figura 5. Artículo de José Manuel Castells sobre el Distrito Universitario Vasco (Punto y Hora, 1977; Felones, 1996)
1.4.4. La Comisión Pro Distrito Común
En este contexto se constituyó la Comisión Pro Distrito Común, que celebró en septiembre de 1977 una reunión en Bergara con una amplia representación institucional, política y cultural. En el acto participaron senadores como Bandrés, Oregui, Monreal y Vidarte, junto a representantes de diversos partidos, autoridades provinciales y figuras destacadas de la cultura vasca como José Miguel de Barandiarán, Koldo Mitxelena (presidente de la mesa), Karlos Santamaría o Txillardegi. La Comisión, formada a partir de reuniones previas celebradas en Vitoria, se configuró como un organismo abierto, integrado por profesores universitarios, miembros de Euskaltzaindia y representantes del tejido cultural, bajo el lema Euskal Unibertsitate Barrutia.
Su propuesta consistía en la creación de un distrito universitario común para el conjunto de Euskal Herria. Sin embargo, ya desde ese momento comenzaron a manifestarse resistencias a la incorporación de Navarra desde posiciones vinculadas al navarrismo emergente y a posiciones estatales contrarias a la unidad vasca. Pero no solo había resistencias políticas desde la derecha, la Junta de Gobierno de la Universidad Autónoma de Bilbao aprobó una propuesta de carácter pragmático, que planteaba la creación de un distrito inicial limitado a Gipuzkoa, Bizkaia y Álava, dejando abierta la posibilidad de una incorporación futura de Navarra. Este modelo contemplaba la constitución de un rectorado provisional con tres vicerrectores, uno por cada una de las provincias incluidas.
Desde sectores navarros favorables al distrito común, esta solución fue interpretada críticamente como un posible aplazamiento indefinido. En el propio acto de Bergara, Kepa Larunbe, profesor de Derecho Administrativo de la Escuela de Empresariales de Pamplona, denunció las maniobras que, a su juicio, estaban orientadas a marginar a Navarra del nuevo marco universitario, señalando además la existencia de resistencias políticas y de intereses institucionales consolidados en el ámbito universitario navarro.
Por su parte, Koldo Mitxelena defendió la necesidad de impulsar de manera inmediata una universidad propia como instrumento para superar la dependencia cultural existente. En su intervención señaló que dicha universidad debía ser pública y popular, regida por autoridades propias, de carácter laico —entendido en sentido no confesional— y dotada, al menos, de un distrito propio. Asimismo, planteó la conveniencia de avanzar en su creación sin esperar a la resolución de otras aspiraciones relacionadas, que consideraba separables en una primera fase y susceptibles de articularse conjuntamente en un nivel posterior.
1.4.5. Consecuencias culturales y lingüísticas: aislamiento de Navarra y dificultades para el euskera
La no incorporación de Navarra al Distrito Universitario Vasco en 1977 tuvo consecuencias duraderas en el plano académico y lingüístico. Navarra quedó al margen del proceso de articulación universitaria común y mantuvo su dependencia del distrito de Zaragoza, sin desarrollar una estructura propia capaz de definir políticas universitarias autónomas.
Esta situación tuvo un impacto directo en la presencia del euskera en la enseñanza superior. En la Comunidad Autónoma Vasca se avanzaba hacia la construcción de un sistema universitario propio, culminado en 1980 con la creación de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU). Dentro de ese espacio universitario el euskera se integraba sin trabas en la docencia y en la investigación. Por el contratio, en Navarra el euskera carecía de un marco institucional equivalente.
A partir de 1980, tras la desaparición del horizonte de un distrito común, se abre una etapa de carácter más pragmático. Navarra se ve obligada a desarrollar sus propias vías en el ámbito universitario, y es en este contexto donde la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB de Navarra dependiente de la Universidad de Zaragoza adquiere un papel central.
Ese mismo año, el euskera fue incorporado como asignatura al plan de estudios del centro, tras varios cursos en los que se había impartido de forma extraescolar. Este hecho supuso su primera presencia reglada en la enseñanza universitaria navarra. Para atender esta nueva situación, se convocaron plazas específicas de profesorado en Didáctica de la Lengua y la Literatura Vasca, lo que permitió dotar a esta enseñanza de una cierta estabilidad académica.
Durante los años siguientes, el euskera fue consolidando su presencia en la Escuela de Magisterio. La documentación interna del centro muestra la existencia de alumnado matriculado, la previsión de necesidades docentes específicas y la creación de estructuras organizativas como la Comisión de Euskera. Asimismo, la implicación de la Diputación Foral de Navarra, a través de la financiación de la Cátedra de Euskera, contribuyó a sostener este desarrollo.
Este proceso tuvo lugar en paralelo a la configuración del nuevo marco institucional navarro tras la aprobación en 1982 del Amejoramiento del Fuero, que consolidó una vía propia diferenciada de la seguida por la Comunidad Autónoma Vasca. En este contexto de divergencia, la Escuela de Magisterio se convirtió en un espacio singular en el que, pese a las limitaciones estructurales, se generaron las condiciones necesarias para el desarrollo posterior de la enseñanza universitaria en euskera.
2. 1986, un buen año para la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB de Navarra "Huarte de San Juan" y para la enseñanza universitaria de Navarra
En 1986, cuando Navarra aún no contaba con una universidad pública propia, la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB “Huarte de San Juan”, centro adscrito a la Universidad de Zaragoza, dio un paso decisivo en la historia del euskera en la enseñanza superior. Bajo la dirección de José Ramón Pascual Bonís y con la colaboración de la subdirectora Charo García de Jalón y demás miembros de su equipo (Javier Etxeberria, Secretario, y Benjamín Zufiaurre, Vicedirector, entre otros), la Escuela implantó la primera línea universitaria íntegramente en euskera dentro de la especialidad de Educación Infantil. Aquella iniciativa, pionera y valiente, no solo respondía a una demanda social emergente, sino que abría un horizonte académico inédito en Navarra: la formación de maestros capaces de enseñar en euskera desde una base universitaria.
La “Huarte de San Juan” supo adelantarse a su tiempo. Aprovechando los márgenes que ofrecía la legislación educativa y la voluntad de un equipo comprometido con la renovación pedagógica, la Escuela desarrolló una estructura docente bilingüe que combinaba rigor académico y sensibilidad social, modesta en recursos, pero ambiciosa en su propósito. Cuando un año más tarde, en 1987, el Parlamento de Navarra aprobó la creación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA/NUP), la línea de euskera ya llevaba un curso completo en funcionamiento. La nueva universidad existía solo sobre el papel: aún no tenía sedes, profesorado ni oferta docente. El verdadero trabajo pionero ya se había hecho en la Escuela.
La Universidad Pública de Navarra, impulsada por el Partido Socialista de Navarra (PSN), fue aprobada en 1987, aunque no comenzó a impartir clases hasta el curso 1989-1990. En los debates previos a su aprobación, el proyecto suscitó recelos y resistencias: las fuerzas conservadoras temían que la nueva universidad se convirtiera en una competidora directa de la Universidad de Navarra, mientras que los sectores abertzales la interpretaron como el cierre definitivo del sueño de un distrito universitario común para Euskal Herria. Frente a esas tensiones, la Escuela de Magisterio había demostrado ya en la práctica que una enseñanza universitaria en euskera era posible en Navarra, incluso fuera del distrito y sin una autonomía compartida. Pero para que ese modelo funcionara hacían falta compromiso y voluntad, dos condiciones que no parecían plenamente aseguradas en el nuevo proyecto universitario.
La dirección del centro, guiada por una ética de servicio público y una clara visión pedagógica, convirtió una rendija legal en una puerta abierta al futuro del euskera. Fue una labor discreta y constante, más sostenida por el compromiso personal que por el apoyo institucional. Aquella humildad inicial se transformó en solidez histórica: frente a los grandes aparatos universitarios, la Escuela de Magisterio “Huarte de San Juan” fue el verdadero punto de partida del euskera universitario en Navarra.
Con la creación de la UPNA, sin embargo, el equilibrio cambió. La Escuela, que había sido el “David” del euskera en la enseñanza superior, se integró en el nuevo entramado universitario y acabó viendo cómo su experiencia pionera era absorbida y, en parte, desmantelada. Las asignaturas en euskera y la propia línea desaparecieron de la Diplomatura, truncando un proceso que había echado raíces en los años más difíciles.
En perspectiva, la experiencia de la Escuela Universitaria de Magisterio “Huarte de San Juan” constituye un episodio fundacional en la historia del euskera en la universidad navarra. Representa el encuentro entre la iniciativa local y las estructuras estatales, entre la innovación pedagógica y la tensión política, y demuestra cómo, incluso desde la modestia institucional, se pueden abrir caminos decisivos para la presencia del euskera en la enseñanza superior.
2.1. La creación de la línea de euskera en la Escuela Universitaria de Magisterio de Navarra (1986)
En el curso 1985-1986, la Escuela Universitaria de Magisterio “Huarte de San Juan”, adscrita a la Universidad de Zaragoza, vivió un proceso de renovación institucional que culminó con la elección de José Ramón Pascual Bonís como nuevo director. Su candidatura fue elegida con un programa orientado a modernizar el centro y a adaptar la formación del profesorado a la realidad sociolingüística de Navarra, en un contexto en que la enseñanza en euskera comenzaba a consolidarse en distintos niveles educativos.
Figura 6. Diapositiva que hace referencia al día en el que Jose Ramón Pascual Bonís fue elegido director de la Escuela de Magisterio de Navarra y un recorte de prensa del siguiente día en el que anuncia la implantación de la primera línea universitaria en euskera de Navarra.
Esther Guibert Navaz, directora saliente (ver Anexo 2), explicó que la Escuela contaba con una experiencia positiva acumulada en la enseñanza del euskera merced al acuerdo que existía con Diputación, lo que había facilitado la creación de un incipiente Departamento de Euskera que venía desarrollando asignaturas optativas y actividades complementarias en lengua vasca. Esta circunstancia, sin duda, facilitaría en los meses venideros la transición hacia el proyecto más ambicioso que el nuevo director pretendía.
Jose Ramón Pascual Bonís anunció públicamente su intención de implantar una línea íntegramente en euskera dentro de la especialidad de Preescolar, medida que consideraba “de gran importancia, dado que vivimos en un territorio bilingüe y el profesorado no puede permanecer ajeno a esta realidad” (Navarra hoy, 19 de julio de 1986). La propuesta fue debatida y aprobada por unanimidad en el Claustro de la Escuela el 26 de junio de 1986, según consta en el acta institucional.
El plan aprobado establecía que todas las asignaturas de la especialidad de Preescolar se impartirían en euskera, manteniendo el mismo programa general que la línea en castellano, pero reforzando la enseñanza de lengua vasca. Según informó la prensa, el grupo de trabajo de euskera de la Escuela justificó la iniciativa por varias razones: el aumento constante del número de estudiantes vascoparlantes, la existencia de una masa crítica mínima de alumnado que garantizaba la viabilidad del proyecto y la escasez de profesorado bilingüe especializado para cubrir la creciente demanda en los centros de EGB (Diario de Navarra, 19 de julio de 1986).
Pascual explicó que la elección de la especialidad de Preescolar no fue casual: se trataba de la opción más adecuada para responder a las necesidades actuales de profesorado en euskera, dado que estos maestros atienden a los niveles iniciales del sistema y pueden impartir clase también hasta los once años, según el plan de estudios vigente (Navarra hoy, 19 de julio de 1986; Navarra hoy, 10 de septiembre de 1986). En palabras del propio director, el objetivo inmediato era “poner en marcha la línea ya este curso y, a partir de la experiencia, estudiar los nuevos planes de estudio que el Ministerio de Educación publicará próximamente” (Navarra hoy, 10 de septiembre de 1986).
La implantación de la línea coincidió con la creciente institucionalización del bilingüismo en Navarra, reconocida en el Amejoramiento del Fuero de 1982, y con la consolidación de las redes de enseñanza en euskera. Hasta ese momento, la formación de maestros euskaldunes se había apoyado fundamentalmente en el reciclaje del profesorado en ejercicio, con el consiguiente coste para la Diputación Foral, o en el desplazamiento de los estudiantes a las escuelas de Magisterio de San Sebastián, Vitoria o Bilbao (Navarra hoy, 10 de septiembre de 1986). La nueva línea en Pamplona vino a normalizar la formación inicial del profesorado bilingüe, permitiendo que los futuros maestros se formasen sin abandonar su entorno.
En el momento de la aprobación, se calculaba que habría al menos cincuenta alumnos con conocimientos suficientes de euskera para iniciar el curso, y que sería necesario contratar tres nuevos profesores euskaldunes para las áreas de Música, Plástica y Psicología, mientras que las asignaturas de Matemáticas, Lengua Castellana y Ciencias Naturales ya contaban con docentes preparados (Navarra hoy, 19 de julio de 1986). Los datos de matrícula confirmaron una respuesta positiva del alumnado: diez estudiantes se inscribieron en la convocatoria de junio y se esperaba alcanzar los veinte en septiembre, con un número ideal estimado en veinticinco (Navarra hoy, 10 de septiembre de 1986).
La iniciativa fue presentada en rueda de prensa conjunta por José Ramón Pascual Bonís y María Rosario García de Jalón, subdirectora de la Escuela Universitaria, quienes también anunciaron la puesta en marcha de nuevos programas de especialización en Educación Especial, Música e Informática aplicada a la Educación (Diario de Navarra, 19 de julio de 1986; Navarra hoy, 19 de julio de 1986). Estas propuestas, destinadas a “enriquecer la oferta académica y formativa del centro” (Navarra hoy, 19 de julio de 1986), formaban parte de una estrategia global de actualización curricular impulsada por el nuevo equipo directivo.
La creación de la línea de euskera fue recibida como un hito en la formación del profesorado bilingüe en Navarra. La prensa destacó que la Escuela de Magisterio de Pamplona era la única situada en zona vascoparlante que aún no disponía de una línea en euskera, lo que confería a la medida un valor simbólico adicional (Navarra hoy, 10 de septiembre de 1986). A la vez, se interpretó como la culminación de una “vieja aspiración” del propio profesorado del centro, que veía en la iniciativa una oportunidad para articular una red de enseñanza y formación docente verdaderamente adaptada a la realidad cultural de la comunidad.
2.2. Implantación de la línea de euskera
La aprobación de la línea de euskera en la Escuela Universitaria de Magisterio “Huarte de San Juan”, dependiente de la Universidad de Zaragoza, debe situarse en el marco de una transición educativa y lingüística decisiva en la Navarra de mediados de los años ochenta. La medida representó un cambio de orientación en la formación del profesorado: del reciclaje lingüístico de maestros en ejercicio hacia la formación inicial bilingüe, que aspiraba a dar una respuesta estructural y duradera a la creciente demanda de enseñanza en euskera.
En este contexto, resulta especialmente significativo el papel desempeñado por la Universidad de Zaragoza, de la que el centro dependía administrativamente. Su rector, Vicente Camarena, acudió personalmente a Pamplona para presidir el acto de toma de posesión del nuevo director, José Ramón Pascual Bonís, celebrado en febrero de 1986, en presencia del consejero foral de Educación, Román Felones, y del vicerrector Tomás Pollán. En ese acto, el rector manifestó el apoyo de su equipo a las iniciativas educativas promovidas desde Navarra y la disposición a colaborar con las autoridades forales en la ampliación de la oferta universitaria (Diario de Navarra, 1986, 7 de febrero, p. 31).
Este respaldo institucional, proveniente de una universidad situada fuera del ámbito lingüístico vasco, confirió legitimidad y cobertura académica a un proyecto que, en aquel momento, podía interpretarse como políticamente sensible. La iniciativa contaba, además, con la complicidad del Departamento de Euskera de la propia escuela, que subrayó la obligación de una institución formadora de maestros de atender a la realidad bilingüe del territorio y de no ignorar a una parte sustancial de su población (Deia, 1986, 19 de julio, p. 17).
Desde esa posición de apoyo externo pero decidido, la Escuela de Magisterio pamplonesa asumió una función pionera dentro del sistema universitario navarro, introduciendo por primera vez una línea de estudios íntegramente en lengua vasca de la mano de una institución aragonesa. La propuesta fue aprobada por unanimidad por el Claustro del centro el 26 de junio de 1986 y ratificada por la Universidad de Zaragoza. El plan afectaba inicialmente a la especialidad de Educación Preescolar, considerada la más adecuada por la mayor demanda de profesorado euskaldun para los primeros ciclos de enseñanza (Navarra Hoy, 1986, 19 de julio, p. 17).
Según explicó Pascual Bonís, la línea de euskera buscaba “formar un maestro de hoy para una escuela de hoy”, combinando la renovación pedagógica con una sólida formación psicológica, tecnológica y lingüística (Diario de Navarra, 1986, 7 de febrero, p. 31). La escuela preveía incorporar nuevo profesorado euskaldun para cubrir las asignaturas de Música, Plástica y Psicología, y ya contaba con docentes preparados para las áreas de Matemáticas, Lengua y Ciencias Naturales (Diario de Navarra, 1986, 19 de julio, p. 31).
El proyecto fue acompañado por otras iniciativas complementarias, como los cursos de Educación Especial para posgraduados o los de Informática aplicada a la educación; estas iniciativas estaban concebidas para ampliar la oferta formativa y adecuarla a las nuevas necesidades del sistema educativo (Navarra Hoy, 1986, 19 de julio, p. 17). Finalmente, la línea comenzó a impartirse en octubre de 1986 con una primera promoción de entre diez y veinte alumnos, todos ellos vascoparlantes, que pudieron cursar por primera vez en Navarra una diplomatura universitaria íntegramente en euskera (Navarra Hoy, 1986, 10 de septiembre, p. 12).
Figura 8. Recorte de prensa correspondiente al diario "Navarra Hoy" de fecha 10 de septiembre de 1986 en el que se anuncia que la Escuela de Magisterio contará con una línea de euskera.
2.3. Primeras intervenciones en euskera
El Acta de la sesión de la Junta de Escuela de 30 de septiembre de 1986 recoge la intervención del Dr. Eduardo Lacasta Zabalza, quien solicitó al claustro la habilitación de los medios técnicos necesarios para permitir el uso del euskera en las reuniones. Pocos meses después, el Acta de la sesión de 20 de diciembre de 1986 documenta, por primera vez, una intervención completa en euskera en un órgano colegiado de la Escuela de Magisterio: el vicedirector de profesorado, Dr. Benjamín Zufiaurre Goikoetxea, intervino en esta lengua para exponer los proyectos que tenía previsto desarrollar en su área, procediendo posteriormente a su traducción al castellano.
Estos hechos evidencian un proceso incipiente de normalización lingüística en el ámbito institucional. En este contexto, y aún bajo la dependencia administrativa de la Universidad de Zaragoza, la Escuela de Magisterio de Pamplona se convirtió en la primera institución universitaria navarra en incorporar una titulación completa en lengua vasca, anticipándose a la posterior creación de la Universidad Pública de Navarra. La experiencia de 1986 constituyó así un precedente significativo en la enseñanza superior, al demostrar que el euskera podía ocupar un espacio legítimo y normalizado dentro de la estructura universitaria navarra.
2.4. Se promulga la Ley Foral del Vascuence
En 1986, la respuesta institucional en Navarra se concretó en la aprobación de la Ley Foral del Vascuence, que estableció la división del territorio en tres zonas (Vascófona, Mixta y No Vascófona) y configuró, con ello, un marco jurídico de derechos lingüísticos diferenciados.
A partir de este momento, el uso y aprendizaje de la lengua dejaron de situarse exclusivamente en el ámbito cultural o educativo para inscribirse también en una lógica político-administrativa. La propia denominación de “zona no vascófona” introduce, además, una cierta paradoja semántica, en la medida en que parece proyectar una exclusión estable del euskera en esos espacios.
En paralelo, puede observarse que en los sectores sociales y políticos conservadores de Navarra se fue consolidando la idea de que la identidad propia podía definirse, precisamente, por la no vascofonía. En este nuevo marco político, se tendió a fomentar el aprendizaje de lenguas extranjeras, como el inglés, en detrimento del euskera.
Frente a este modelo, en la Comunidad Autónoma Vasca (donde en Álava se partía de una situación sociolingüística también desigual) se optó por un planteamiento distinto, basado en la cooficialidad del euskera en todo el territorio y en la ausencia de zonificación, lo que favoreció su implantación progresiva tanto en el sistema educativo como en la administración.
Desde una perspectiva comparada, ambos modelos reflejan orientaciones divergentes en la política lingüística: mientras uno concibe la lengua como un elemento común del conjunto del territorio y promueve su extensión generalizada, el otro establece divisiones territoriales que, en la práctica, limitan su desarrollo. Desde un punto de vista de política y normalización lingüística cabe plantearse si este efecto limitador era precisamente el objetivo que se perseguía.
3. La Escuela Universitaria "Huarte de San Juan" ante la creación de la Universidad Pública de Navarra
El 21 de abril de 1987, el Parlamento de Navarra aprobó la Ley Foral 8/1987, de creación de la Universidad Pública de Navarra, publicada en el Boletín Oficial del Estado el 12 de junio de ese mismo año. La nueva institución nacía con la misión de asumir el servicio público de la educación superior en la Comunidad Foral, integrando progresivamente las distintas escuelas universitarias existentes en Pamplona y su entorno. Entre ellas se encontraba la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB “Huarte de San Juan”, dependiente hasta entonces de la Universidad de Zaragoza, junto con las Escuelas Universitarias de Empresariales, Ingeniería Técnica Agrícola, Enfermería y Trabajo Social (BOE, 1987).
La ley preveía la creación de una Comisión Gestora, designada por el Gobierno de Navarra, encargada de pilotar el proceso fundacional de la nueva universidad y de ejercer provisionalmente las funciones de gobierno y administración. Su presidencia recayó en Pedro Burillo López, quien desempeñó un papel clave en la articulación de la futura UPNA.
A pesar de las expectativas que acompañaban el proceso, el nuevo marco institucional generó también incertidumbres. En la apertura del curso 1987-1988, los representantes del Gobierno de Navarra (Guillermo Herrero, director general de Educación) y de la Universidad de Zaragoza (Tomás Pollán, vicerrector de Planificación y Organización) firmaron un acuerdo que reconocía oficialmente la línea de Preescolar en euskera y los estudios en esa lengua impartidos en la Escuela “Huarte de San Juan”. Aquella firma suponía la consolidación formal de un proyecto que había nacido pocos años antes bajo la dirección de José Ramón Pascual Bonís, y que ya había demostrado su viabilidad académica. También, gracias a la buena disposición de la Real Academia de la Lengua Vasca - Euskaltzaindia, se acordó que los estudiantes titulados en esta línea recibieran el título llamado Euskara Gaitasun Agiria (Certificado de Aptitud en Euskera), más conocido por sus siglas EGA, al finalizar sus estudios.
Durante el curso 1988-1989, la dirección de la Escuela envió un escrito a la Comisión Gestora de la nueva Universidad Pública de Navarra solicitando la creación de un organismo que garantizara el uso y la presencia del euskera en el futuro centro universitario. La petición reflejaba una preocupación legítima: asegurar la continuidad de la línea de euskera y del incipiente Departamento que la sustentaba en un contexto institucional en plena transformación.
La respuesta llegó en la Junta extraordinaria celebrada el 7 de abril de 1989, en la que participaron el propio presidente de la Comisión Gestora (posteriormente sería nombrado rector), Pedro Burillo, el director de la Escuela, Patricio Hernández Pérez y el secretario académico, Juan Carlos López-Mugartza, que levantó acta de la sesión. Según el borrador del acta, el presidente de la Comisión Gestora comenzó su intervención manifestando su deseo de “salir al paso de ciertas informaciones que pretendían desprestigiar a la Universidad Pública de Navarra” y de querer ser “absolutamente claro” respecto a las informaciones surgidas sobre el tratamiento del euskera en la nueva institución.
El presidente de la Comisión Gestora sostuvo que la preocupación por el euskera carecía de fundamento, al considerar que su uso estaba plenamente garantizado y que no era necesaria la creación de un organismo específico para su promoción. Llegó incluso a mostrar su disposición a impulsar estudios de Filología Vasca en caso de existir demanda, aunque cuestionó la pertinencia de asignaturas destinadas a la enseñanza del idioma, al entender que la universidad no era el espacio para aprender lenguas, sino que el alumnado debía acceder a ella con esa formación ya adquirida.
En aquel momento, nada hacía prever un cuestionamiento inmediato de la línea de euskera. Por el contrario, el discurso institucional transmitía una idea de continuidad, si bien introducía un elemento de cautela al señalar el coste económico que implicaba su mantenimiento en el contexto de una universidad de nueva creación y con recursos necesariamente limitados. La integración de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado —hasta entonces adscrita a la Universidad de Zaragoza— se presentaba, así, como un proceso técnico cuya resolución debía atender tanto a la incorporación del profesorado como a la reorganización de las titulaciones.
Sin embargo, el desarrollo posterior matizaría estas expectativas. En este sentido, cabe poner en relación algunas de las cuestiones planteadas en el proceso de integración con el acuerdo suscrito el 18 de octubre de 1988 entre el Gobierno de la Comunidad Foral de Navarra y el Rectorado de la Universidad de Zaragoza, relativo a la enseñanza en euskera en la Escuela Universitaria de Profesorado de EGB. Este tipo de convenios, orientados a financiar programas específicos, habrían permitido dotar presupuestariamente determinadas plazas docentes, lo que resulta coherente con los mecanismos de financiación que se describen en los testimonios posteriores.
Según refiere en comunicación personal el Dr. Benjamín Zufiaurre Goikoetxea, miembro del equipo directivo de la Escuela (primero como subdirector y posteriormente como director adjunto) y responsable de la gestión de las titulaciones, el proceso de integración estuvo marcado por negociaciones complejas en las que se dirimía el futuro de cuatro planes de estudio de Magisterio, estudios de preescolar en euskera y varios títulos propios.
Zufiaurre participó, en representación de la Escuela, en diferentes instancias técnicas y comisiones interinstitucionales, entre ellas la Comisión Provincial de Formación del Profesorado, en un contexto que coincidía con las transferencias educativas y la creación de la Universidad Pública de Navarra. Según su testimonio, el marco de negociación no se situaba tanto en el nivel político directo, como en nivel técnico donde intervenían representantes del Gobierno de Navarra, del Ministerio de Educación y de la Universidad de Zaragoza.
En este contexto, subraya un aspecto que considera fundamental y que, según indica, no siempre ha sido recogido en reconstrucciones posteriores: la dimensión presupuestaria de las plazas docentes. Existían inicialmente tres plazas que debían cubrirse, a las que se añadió una cuarta en el ámbito de la Pedagogía, a la que él mismo concurrió, dejando vacante su plaza anterior en el área de euskera, posteriormente cubierta por otra docente, Orreaga Ibarra. Cada una de estas plazas llevaba asociada una asignación presupuestaria específica, en parte vinculada a programas de especialización dirigidos al ámbito de la educación infantil, desarrollados como formación de posgrado.
Según su testimonio, la propuesta que se planteó en el proceso de integración consistía en incorporar al personal docente a la nueva universidad sin garantizar la continuidad de los planes de estudio existentes. Este planteamiento implicaba, en la práctica, la sustitución de los cuatro títulos de Magisterio y los programas de posgrado por una única titulación de Maestro, con un elevado número de estudiantes, en la que únicamente se preveía el desdoblamiento de algunas asignaturas para diferenciar entre Educación Infantil y Educación Primaria.
En ese contexto, señala que se ofrecieron varias plazas de Cátedra o Titularidad de Universidad como contraprestación para facilitar la aceptación del nuevo modelo, una de ellas destinada al propio Zufiaurre. Este rechazó la propuesta por no compartir sus implicaciones académicas, mientras que los demás miembros que se verían beneficiados por la propuesta, sí la aceptaron. No obstante, el propio Zufiaurre matiza que, más que una “venta” en sentido estricto, lo que se produjo fue la no tramitación de los planes de estudio en el proceso de integración.
La integración se materializó finalmente en 1990, cuando la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado “Huarte de San Juan” pasó a formar parte de la Universidad Pública de Navarra – Nafarroako Unibertsitate Publikoa. Este proceso supuso el inicio de una nueva etapa institucional, pero también comportó una profunda reconfiguración de la oferta académica.
Como señala el propio Zufiaurre, tras su regreso de la Universidad de Sheffield, donde había realizado un máster durante el curso 1989–1990, pudo constatar los efectos de estas decisiones: “al incorporarme a la UPNA […] me di cuenta de que aquello había sido la excusa perfecta para eliminarlo todo […]. A partir de entonces… ¿continuaron los estudios? Pues no: lamentablemente desaparecieron. Las cuatro titulaciones de Magisterio se redujeron a una sola, que integraba Infantil y Primaria”.
Con el paso del tiempo, la evolución de los planes de estudio confirmaría este diagnóstico. Mientras el inglés y el francés fueron incorporados con normalidad en los programas de Magisterio, tanto en su dimensión instrumental como didáctica, el euskera desapareció de los Planes de Estudio. Solo años más tarde se introduciría una asignatura de carácter transversal (“Habilidades lingüísticas en la otra lengua de la Comunidad”) que permitía un contacto básico con el euskera, aunque lejos del planteamiento previo existente en la Escuela de Magisterio, donde el euskera, además de contar con una línea propia, estaba presente en todos los niveles de la línea de castellano.
4. La Universidad Pública de Navarra y la conflictividad en torno al euskera (1990-2003)
La creación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) por Ley Foral 8/1987 había despertado, entre el profesorado y alumnado de la Escuela Universitaria de Magisterio “Huarte de San Juan”, entonces adscrita a la Universidad de Zaragoza, una mezcla de expectación y cautela. Ciertamente, era una oportunidad para consolidar los esfuerzos realizados durante los años anteriores para integrar el euskera en la formación del profesorado desde dentro de Navarra y sin tutelas de Universidades exteriores. Sin embargo, esas expectativas encontraron un obstáculo inesperado apenas dos meses después de la integración de la Escuela en la UPNA.
Durante los primeros años de funcionamiento de la universidad, el gobierno estuvo en manos de una Comisión Gestora presidida por Pedro Burillo López, quien simultáneamente ejercía funciones equivalentes a rector. Se dio la circunstancia de que en el curso 1990-1991, la UPNA comenzó su andadura académica asumiendo la gestión de las antiguas escuelas dependientes de la Universidad de Zaragoza, lo que supuso un cambio administrativo decisivo. La primera medida adoptada por el rectorado fue eliminar la asignatura de euskera de todos los planes de estudio de Magisterio, siguiendo el argumento ya utilizado por el Presidente de la Gestora en su visita el año anterior a la Escuela de Magisterio, de que la función de la universidad no era enseñar idiomas. Dos meses después, en la víspera de una fecha de fuerte carga simbólica —el 20 de noviembre de 1990— dicha comisión adoptó una de las decisiones más controvertidas de la historia reciente de la enseñanza superior navarra: la supresión de la línea de euskera de los estudios de Magisterio, heredada de la antigua Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB y que había comenzado con normalidad desde comienzos del curso en septiembre, aunque se había denunciado que había habido problemas en la matriculación, doce alumnos lo habían hecho sin problemas, otros no lo habían podido hacer por dificultades burocráticas y otros terceros todavía no la habían podido cerrar.
Ese mismo día, la Comisión Gestora comunicó oralmente al profesorado y alumnado matriculado en esa línea que las clases quedaban suspendidas. La comunidad universitaria reaccionó con firmeza. Los profesores y alumnos de la línea de euskera denunciaron la decisión como un acto arbitrario y políticamente motivado. En un comunicado conjunto declararon que las razones económicas y de matrícula eran insidiosas, ya que había sido la propia institución la que había obstaculizado la inscripción y negado la información a los interesados.
La noticia fue recogida en el semanario Comunidad Escolar, revista dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, que hacía hincapié en que la decisión de la suspensión se atribuía a razones económicas y de matriculación insuficiente. Los motivos aducidos, fueron percibidos como excusa para justificar la medida, ya que, por un lado, la línea había sido mantenida en la Universidad de Zaragoza sin que se hubiera dicho en ningún momento que resultaban caros estos estudios y, por otro lado, la insuficiente matrícula venía generada por las dificultades que se habían puesto en el momento de la matriculación, algo que no ocurría en la Universidad de Zaragoza donde no había trabas burocráticas de ese calado. En opinión del profesorado, “si la línea de magisterio en euskera desaparece, Navarra será la única comunidad que no forma a su profesorado de EGB en uno de sus idiomas oficiales” (Pérez, 1990, p. 20).
4.1. El comunicado de protesta y la movilización social
La medida provocó una inmediata reacción de protesta tanto en el ámbito académico como social. El 20 de noviembre, apenas un día después de la suspensión, profesores, alumnos y personal de administración y servicios de la Universidad denunciaron la decisión como un acto arbitrario y políticamente motivado e hicieron público un comunicado de protesta, denunciando que la decisión contravenía el artículo 21 de la Ley Foral del Vascuence (1986), el cual obliga al Gobierno de Navarra a garantizar la formación del profesorado necesario para la enseñanza en euskera. El texto reclamaba la convocatoria urgente de la Comisión Gestora para revocar el acuerdo y restituir la línea suspendida.
La iniciativa tuvo un importante eco social. El texto se difundió entre la comunidad universitaria y la sociedad navarra y en pocas semanas, se recogieron 1.477 firmas en defensa de la continuidad de la línea de Magisterio en euskera, con apoyos procedentes de todos los ámbitos educativos, culturales y sindicales.
El 28 de noviembre de 1990, una multitudinaria manifestación recorrió las calles de Pamplona para exigir la restitución de la línea, pedir la revocación del acuerdo y evidenciar que la medida vulneraba el artículo 21 de la Ley Foral del Vascuence (1986). La manifestación acabó con la entrega del escrito de manera oficial en el Registro de la Secretaría General de la UPNA, entonces ubicada en el edificio de la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona. La dirección universitaria guardó silencio ante la petición formal.
El silencio institucional no ayudó a superar la sensación de agravio entre el alumnado y el profesorado, que interpretaron la medida como un retroceso en la consideración del euskera dentro de la enseñanza superior. Todo el esfuerzo que se había realizado durante mucho tiempo en la Escuela de Magisterio había sido malogrado en tan solo dos meses.
4.2. Los años posteriores a la supresión de la línea y su reimplantación
La resolución del conflicto también fue inesperada. En efecto, la situación cambió abruptamente al inicio del siguiente curso, cuando el presidente del Gobierno de Navarra, Juan Cruz Alli, tomó una decisión sorprendente que permitió reanudar la docencia en euskera y restablecer la normalidad académica: el 7 de octubre de 1991 destituyó al rector Pedro Burillo por su gestión académica y económica, y nombró como nuevo rector al catedrático Alberto González Guerrero (Muez, 1991).
El nuevo rector restituyó la línea de euskera y creó un Vicerrectorado de Asuntos lingüísticos, al frente del cual nombró a Alejandro Arizkun Cela, del Departamento de Economía. El nuevo equipo encargó un estudio sociolingüístico y de un Plan Estratégico a Jose María Sánchez Carrión "Txepetx", sociolingüísta de reconocido prestigo. Todo ello movía a pensar que comenzaban a soplar nuevos aires en la recuperación del euskera en la Universidad.
Con todo, según Zufiaurre, si bien introdujeron alguna asignatura de euskara en algunas titulaciones, poco hicieron por los títulos de Magisterio más allá de recuperar la línea. En su opinión el único que se enfrentó al Gobierno de Navarra y que merece todo el reconocimiento fue el Rector Juan García Blasco. Fue gracias a este último que el euskera se asentó y que fue tenido en cuenta en los nuevos planes. También su tesón consiguió crear la carrera de Derecho en la UPNA a pesar de todas las resistencias.
En ese contexto nació EHUN (Euskal Herriko Unibertsitate Nafarra), la primera asociación de trabajadores, alumnos y profesores vascoparlantes de la UPNA. El colectivo utilizaba el logotipo de la campaña "Euskal Unibertsitatea, bai / Universidad Vasca, sí", lo que motivó que, en el momento de solicitar su legalización como asociación cultural dentro de la UPNA, se les objetara que estaban utilizando el emblema de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU). Para poder ser legalizados se les instó a dejar de usar ese logotipo y a modificar también el nombre de la asociación, con el fin de evitar cualquier posible confusión con las siglas y la imagen institucional de aquella universidad. Esta exigencia resultaba especialmente significativa, ya que una de las intenciones del colectivo era precisamente proyectar la imagen de que tanto la UPNA-NUP como la UPV-EHU formaban parte de una misma comunidad universitaria.
Este grupo fue especialmente activo durante los rectorados de Alberto González y Juan García Blasco, participando en la redacción de los Estatutos universitarios e incorporando artículos específicos sobre el euskera. Sin embargo, a pesar de su trayectoria y a las sucesivas iniciativas y gestiones realizadas, el colectivo no llegó nunca a ser admitido ni inscrito en el registro de asociaciones de la UPNA, alegándose reiteradamente la falta de algún requisito formal.
4.3. La normalización del euskera sufre un nuevo revés tras las elecciones de mayo de 1995
Con todo, el episodio de la supresión de la línea de euskera no se olvidó tan facilmente y dejó una huella profunda: evidenció las resistencias que persistían en algunos sectores de la administración educativa navarra hacia la integración efectiva del euskera en la universidad pública. La suspensión de la línea de euskera supuso un momento de quiebra en la trayectoria de la enseñanza universitaria en Navarra y puso de manifiesto hasta qué punto la integración institucional no garantizaba la continuidad de una política lingüística, por más que esta tuviera respaldo previo, y cómo las decisiones de gobierno universitario podían revertir de forma abrupta los avances conseguidos. Esta afirmación se haría realidad en fecha breve, cuando los estudios en euskera volvieron a estar en el punto de mira.
En efecto, si bien el periodo del Rector Juan García Blasco (1992-1995), fue favorable para el euskera y parecía que se habían sentado unas bases sólidas para que el proceso de implantación del euskera quedara blindado y resultara irreversible, no fue así. Los avances logrados fueron efímeros. El 25 de mayo de 1995, tras la derrota electoral de García Blasco, todo el equipo rectoral quedó fuera del claustro universitario. Asimismo, el profesorado que le apoyaba perdió toda representación en dicho órgano, a pesar de que las diferencias fueron mínimas.
Este resultado se explica por el sistema electoral empleado, similar al utilizado en las votaciones al Senado, en el que se vota a personas individuales y no a candidaturas con representación proporcional. Este mecanismo permite que, si un grupo se organiza y vota en masa a una serie de candidatos, pueden concentrar el voto y copar la totalidad de los puestos, tal y como así ocurrió.
El profesorado de oposición, que había elaborado previamente una lista con los candidatos a los que se debía votar (incluyendo en ella profesores y profesoras desconocidos para muchos de los propios votantes), logró, gracias a esas listas previas cerradas, ocupar todos los puestos, pese a que la diferencia de votos fue mínima.
La nueva dirección desmanteló la estructura creada en torno al euskera y paralizó los proyectos impulsados por el Rector Blasco.
4.4. El marco legal: derechos reconocidos y contradicciones institucionales
El marco jurídico que garantizaba el derecho a la enseñanza en euskera se hallaba explícitamente recogido en la Ley Foral 18/1986, de 15 de diciembre, del Euskera, que en su título II regula la enseñanza. El Tribunal Superior de Justicia de Navarra, en su sentencia 298/1995, de 9 de diciembre, reconoció que dicho título era aplicable también a la enseñanza universitaria. Según el artículo 19 de la ley, “todos los ciudadanos tienen derecho a recibir la enseñanza en euskera y en castellano, en los términos establecidos en los capítulos siguientes”. El artículo 24 añade que “todo alumno recibirá la enseñanza en la lengua oficial elegida por quien ejerza la patria potestad o tutela, o por el propio alumno cuando corresponda”. Asimismo, el artículo 25, relativo a la zona mixta, dispone que la enseñanza en euskera se introducirá “gradualmente y con suficiencia, creando modelos de enseñanza en euskera para quienes lo soliciten”.
Estos principios se reforzaron en los Estatutos de la Universidad Pública de Navarra, aprobados por el Gobierno de Navarra mediante el Decreto Foral 68/1995. En ellos se reconoce, en su artículo 6, que “el castellano y el euskera son las lenguas propias de la Universidad Pública de Navarra, y por tanto, todos los universitarios tienen derecho a conocerlas y utilizarlas”. El artículo 90.h establece el derecho de los estudiantes a realizar sus estudios “en cualquiera de las dos lenguas oficiales de Navarra, sin perjuicio de lo dispuesto en la legislación vigente”. El título V, “El euskera en la universidad”, desarrolla más ampliamente esta materia. Su artículo 102 proclama que “todos los miembros de la comunidad universitaria tienen derecho a utilizar el castellano y el euskera, y nadie será discriminado por emplear cualquiera de las dos lenguas”. El artículo 103 detalla los derechos concretos: relacionarse con los órganos universitarios en ambas lenguas, expresarse en ellas en las reuniones, presentar y publicar investigaciones en euskera o castellano, y recibir docencia o realizar exámenes en euskera en las asignaturas ofertadas en esta lengua. Además, la universidad se compromete a garantizar estos derechos con los medios materiales y humanos necesarios, y a planificar la normalización del uso del euskera y su desarrollo docente según la demanda social (art. 104).
La tendencia restrictiva tuvo una muestra de su vitalidad el 12 de junio de 1998, cuando la Junta de Gobierno de la UPNA aprobó el Acuerdo 65/98, por el que se eliminaba la única asignatura que se impartía oficialmente en euskera en la especialidad de Música de la Escuela de Magisterio: "Didáctica de la Lengua y la Literatura". El equipo rectoral hizo una interpretación restrictiva de la ley aduciendo que tan solo la especialidad de Educación Infantil, heredera de la especialidad de Preescolar, tenía derecho a impartir las clases en euskera, y no las demás especialidades; es decir, no se podían impartir asignaturas en euskera en las especialidades de Lengua Extranjera, Educación Física o Música y se ponía en duda, incluso, la propia especialidad de Educación Primaria.
El decano de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, junto con el director del Departamento de Filología y Didáctica de la Lengua, mostraron su oposición, recordando que el Boletín Oficial del Estado (n.º 272) establecía expresamente que en las Comunidades Autónomas bilingües existía la obligación de impartir las materias de lengua en la propia de cada comunidad. Pese a ello, la decisión se mantuvo. La carta enviada el 25 de septiembre de 1998 por el Secretario de la Junta de Gobierno al Decano de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales dejaba ver el tono del momento:
“No es un tema pacífico que estemos en una Comunidad Autónoma con dos lenguas oficiales, como V. I. afirma en su escrito al Secretario General de 23 de junio de 1998, a la vista de lo dispuesto en el artículo 9 de la Ley de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra. En virtud de ello, queda vigente el acuerdo tomado por la Junta de Gobierno”.
Este episodio ilustra la profunda ambigüedad institucional con la que la UPNA gestionó la cuestión lingüística: mientras reconocía formalmente la existencia del euskera en el marco jurídico navarro, limitaba de hecho su presencia en la docencia universitaria. El proceso iniciado con entusiasmo en 1989 concluyó, menos de una década después, en un escenario de repliegue y de subordinación de la lengua vasca dentro de la propia Universidad Pública de Navarra.
4.5. Restricciones legales y persistencia del conflicto: el encierro de 2001
A comienzos de la década de 2000, once años después de la integración de la Escuela de Magisterio en la UPNA, los conflictos en torno al euskera persistían, la situación del euskera en la UPNA se había deteriorado notablemente y la cuestión lingüística volvió a situar a la UPNA en el centro de la polémica. Según el informe del Behatokia (Observatorio de los Derechos Lingüísticos), Hizkuntz eskubideen egoera Euskal Herrian, 2002an (Euskal Herria, 2003), sectores de la Universidad denunciaban de forma reiterada la vulneración de sus derechos lingüísticos y el empeoramiento del clima institucional.
La situación se agravó con la promulgación de una serie de decretos forales restrictivos: el 372/2000, que regulaba el uso del euskera en la Administración Pública; los Planes de Acción de 2001 sobre la aplicación del euskera en las zonas mixta y vascófona; y el Decreto Foral 203/2001, de 30 de julio, que definía los puestos para los que era preceptivo el conocimiento del euskera (excluyendo a los docentes del Departamento de Educación y Cultura). Estos textos redujeron el ámbito legal de aplicación del euskera incluso en las zonas tradicionalmente bilingües. Estas disposiciones, unidas a resoluciones del Tribunal Administrativo de Navarra y al pronunciamiento de Euskaltzaindia (2001), fueron interpretadas como un retroceso significativo en los derechos lingüísticos. Los representantes del Gobierno de Navarra expresaron incluso su intención de modificar la ley para reducir los derechos lingüísticos reconocidos, lo que generó una oleada de protestas. Estas normas, lejos de promover la normalización lingüística, reforzaron una política de zonificación que subordinaba el estatus del euskera a límites geográficos y administrativos. Ante esta situación, miembros de la comunidad universitaria impulsaron diversas movilizaciones en defensa del euskera.
Ese año se produjeron graves incidentes en la UPNA. En ese contexto, los universitarios euskaldunes de la UPNA denunciaron de forma reiterada la vulneración de sus derechos y la creciente hostilidad institucional. Según el informe del Behatokia (2003), la respuesta del Gobierno y del rectorado fue, en muchos casos, la represión. El 6 de junio de 2001, 125 estudiantes, docentes y trabajadores iniciaron un encierro pacífico en el edificio central de la UPNA en el campus de Arrosadia para denunciar los planes gubernamentales de restringir aún más la presencia del euskera y el borrador del nuevo reglamento de aplicación del euskera que estaba trabajando el equipo rectoral.
La dirección universitaria solicitó la intervención policial. De madrugada, la Policía Nacional irrumpió en el campus y detuvo a 84 personas, algunas de ellas arrastradas por la fuerza (EFE, 2001; Muez, 2001). Tras pasar la noche en comisaría, fueron puestos en libertad la mañana siguiente, después de ser fotografiados y fichados. Los abogados denunciaron que el objetivo real de las detenciones era identificar y controlar a la disidencia universitaria. La intervención policial fue ampliamente criticada por partidos políticos, sindicatos y organizaciones de derechos humanos.
Los hechos, ampliamente difundidos por los medios de comunicación, fueron objeto de duras críticas. Televisión Española informó en sus ediciones del mediodía y la noche del mismo día que los detenidos estaban acusados de resistencia y desobediencia a la autoridad, mientras los sindicatos de estudiantes, la junta del personal no docente y numerosos profesores reclamaban la dimisión del rector y del gerente de la Universidad (García, 2001).
Aquella intervención policial, inédita en la historia universitaria navarra, simbolizó la persistencia del conflicto entre la voluntad de normalización lingüística y los límites institucionales impuestos a su desarrollo. Si la supresión de 1990 había representado la negación del euskera como lengua de docencia, los hechos de 2001 evidenciaban que, una década después, la universidad seguía sin haber resuelto de forma estructural su compromiso con la pluralidad lingüística de Navarra.
Aunque el Juzgado de Instrucción n.º 3 de Pamplona abrió diligencias, el 21 de agosto de 2001 decretó el sobreseimiento del caso, al considerar que las actuaciones de las fuerzas de seguridad no constituían delito. Paralelamente, las denuncias presentadas por los detenidos por y vulneración del derecho de reunión, violación de derechos, malos tratos y fichaje ilegal fueron también archivadas.
Los hechos se repitieron la noche del 22 al 23 de noviembre del mismo año, con 43 nuevos detenidos. Se abrió una causa por desobediencia y desórdenes, cuyo juicio fue pospuesto en varias ocasiones por el Juzgado de Instrucción n.º 4 de Pamplona.
Los enfrentamientos culminaron la noche del 24 al 25 de abril de 2002, cuando alrededor de 170 estudiantes, profesores y trabajadores se concentraron de nuevo en el campus. En esa ocasión, la actuación policial fue especialmente violenta: varios heridos, entre ellos un profesor y varios alumnos, y alrededor de un centenar de detenciones. Los abogados que acudieron a prestar asistencia denunciaron haber sido expulsados de la comisaría y privados de acceso a los detenidos durante varias horas.
En efecto, cien agentes de la Policía Nacional irrumpieron violentamente en el recinto, golpeando y arrastrando a los manifestantes. Un estudiante perdió tres dientes, otro tuvo que ser hospitalizado con una lesión ocular y un profesor, Manuel Aguilar, fue arrastrado del cuello. En comisaría, varios detenidos denunciaron amenazas como “os enseñaremos cómo torturamos” o “de aquí a seis meses estaréis todos en Cuba”. Más de un centenar de personas fueron arrestadas y permanecieron unas ocho horas de pie, contra la pared, sin acceso a abogados. Uno de los letrados presentes, Joaquín Elarre, denunció haber sido expulsado de la comisaría a empujones. Estos hechos provocaron una huelga general en la UPNA el 30 de abril y una manifestación masiva en Pamplona el 17 de mayo de 2002 en defensa del derecho a estudiar en euskera.
Sin embargo, la presión institucional persistió, y un día antes de la manifestación, el 16 de mayo de 2002, el rectorado prohibió en el Aula Magna una conferencia titulada “Diversidad lingüística en Europa: ¿problema o riqueza?”, que iba a impartir Ignasi-Aureli Argemí i Roca, fundador del CIEMEN y presidente en el Estado español del European Bureau for Lesser Used Languages. El veto a un acto académico de carácter europeo simbolizó el cierre del ciclo de apertura iniciado una década antes: la universidad pública de Navarra, nacida con la promesa de pluralidad, se había convertido en un espacio institucional donde el euskera encontraba cada vez menos lugar.
Behatokia subrayó que en ninguna otra universidad del Estado español se habían registrado respuestas tan duras, desproporcionadas y represivas ante protestas pacíficas relacionadas con los derechos lingüísticos.
En 2002, el Hizkuntz Eskubideen Behatokia (Observatorio de los Derechos Lingüísticos) presentó ante el Grupo de Trabajo sobre Minorías de la ONU su informe Report on Violations of Freedom of Speech at the Navarre Public University, en el que denunciaba la vulneración sistemática de los derechos lingüísticos en la NUP y señalaba la existencia de una política institucional de marginación hacia el euskera. El informe advertía que la universidad no solo incumplía sus propios estatutos —que reconocen el derecho del alumnado y del profesorado a usar las dos lenguas oficiales—, sino que también reprimía las demandas de quienes reclamaban su cumplimiento, llegando incluso a adoptar “medidas policiales y coercitivas” contra las protestas (Behatokia, 2002).
4.6. Fin de una etapa: las elecciones de 2003 y el cierre del ciclo fundacional
El mandato del rector Antonio Pérez Prados concluyó en 2003 tras una etapa marcada por la conflictividad interna y por las denuncias formuladas en 2002 por el observatorio Behatokia en relación con la situación del euskera en la Universidad Pública de Navarra. Durante su segundo periodo de gobierno, la gestión universitaria estuvo atravesada por tensiones de carácter político y lingüístico, en un tiempo en el que la Universidad era, con frecuencia, un espacio de proyección hacia la vida política. Así, Yolanda Barcina Angulo, vicerrectora de Gestión Académica en el primer equipo de Pérez Prados (1995-1999), pasó posteriormente a ocupar la alcaldía de Pamplona y, más tarde, la presidencia del Gobierno de Navarra.
En los últimos años del mandato de Pérez Prados, Patricio Hernández Pérez ocupó el cargo de vicerrector de Profesorado y Ordenación Académica, en sustitución de Julio Lafuente López, tras haber sido previamente secretario general del mismo rectorado, cargo que pasó a desempeñar José Luis Goñi Sein. Esta vinculación con un equipo rectoral que, en su última etapa, mantuvo una postura considerada beligerante con el euskera, condicionó la percepción pública de su figura en las elecciones de abril de 2003, en las que fue candidato frente a Pedro Burillo, pese a haber defendido el euskera y haber publicado, incluso, una antología titulada Poesía vasca contemporánea (1995).
Las elecciones de 2003 pusieron fin a un periodo de confrontación interna y abrieron una nueva etapa de estabilidad institucional. El nuevo rector, Pedro Burillo, contó con el apoyo de amplios sectores del profesorado y mantuvo la línea de docencia en euskera, aunque sin restablecer el cargo de Adjunto al Rector para la Normalización Lingüística, suprimido en el segundo mandato de Pérez Prados y ocupado en el primero por José María Iza Etxebeste. Desde entonces, la conflictividad descendió de manera significativa, marcando el cierre de una etapa que había estado definida por la tensión entre la política lingüística y la gobernanza universitaria.
Con las elecciones celebradas en 2003, en los albores del siglo XXI, puede considerarse concluido el ciclo fundacional de la Universidad Pública de Navarra, caracterizado por la configuración de su estructura académica y por la implantación definitiva de la línea de euskera en los estudios de Magisterio. Conviene recordar que quien impulsó dicha línea en la antigua Escuela de Magisterio de Pamplona en 1986, José Ramón Pascual Bonís, formó parte del equipo rectoral de Juan García Blasco como vicerrector de Alumnos durante el curso 1994-1995, en una etapa especialmente sensible hacia la consolidación de los estudios en euskera. De algún modo, el cierre de este ciclo institucional supuso también la culminación de un proceso que, pese a las dificultades y controversias que lo acompañaron, permitió asegurar la continuidad de una línea académica que se había visto amenazada en repetidas ocasiones y que, a partir de entonces, entraba en una fase de estabilidad y confianza en su futuro.
En todo caso, la elección de 2003 representó un punto de inflexión. La Universidad había alcanzado un equilibrio institucional, pero también se había decantado por un camino concreto, uno entre los varios que podían haberse abierto entonces. Esa decisión, como otras a lo largo de la historia universitaria navarra, condicionaría el rumbo posterior del euskera en el ámbito académico.
4.7. Caminos que se bifurcan: decisiones y destinos del euskera universitario
La historia del euskera en la enseñanza superior navarra puede leerse como una sucesión de decisiones que abrieron caminos divergentes. En algunos casos, se trató de opciones institucionales; en otros, de coyunturas personales o políticas que marcaron un rumbo que, a la distancia, parece irreversible. Pero toda historia podría haber sido distinta.
El proceso autonómico ofrece un primer ejemplo de esa bifurcación. La decisión de Navarra de no integrarse en la Comunidad Autónoma Vasca no supuso tanto la elección de una vía frente a otra, sino la coexistencia de dos proyectos paralelos. Unos optaron por continuar el camino conjunto (la Comunidad Autónoma Vasca), y otros decidieron apartarse de él (la Comunidad Foral de Navarra). Cuarenta años después, las consecuencias son visibles: en la CAV, el euskera se ha normalizado y forma parte estructural de la enseñanza superior; en Navarra, su presencia es reconocida, pero limitada, confinada a determinadas áreas y estudios.
El mismo patrón se repite en el ámbito universitario. La integración de la Escuela Universitaria de Magisterio de Pamplona en la Universidad Pública de Navarra, en 1990, abrió otro punto de inflexión. No podemos saber qué habría ocurrido si la Universidad de Zaragoza hubiera mantenido su tutela sobre la Escuela, o si la UPNA hubiera asumido desde el principio un compromiso firme con la docencia en euskera. Tampoco podemos saber cómo habría evolucionado la situación si el rector Pérez Prados no hubiera adoptado políticas restrictivas, o si el presidente Juan Cruz Alli no hubiera destituido a Burillo tras la supresión de la línea de euskera en noviembre de 1990. Cada una de esas decisiones orientó el curso de los acontecimientos y definió el marco en que la lengua debía sobrevivir.
Resulta igualmente significativo que figuras procedentes del mismo entorno académico —como Julio Lafuente López, que en los años noventa fue vicerrector en un periodo conflictivo y en 2007, ya como rector, impulsó la creación del Área de Planificación Lingüística— representen trayectorias que ilustran la evolución de la sensibilidad institucional hacia el euskera. También llama la atención que tres de los rectores de la UPNA —García Blasco, Burillo y Lafuente— procedan de Aragón, mientras que solo uno, Alfonso Carlosena, nació en Navarra, aunque también se doctoró en la Universidad de Zaragoza (ver Anexo 3). Incluso Gregorio Monreal Zia, profesor de la UPNA y reconocido defensor del euskera, alcanzó el rectorado no en Pamplona, sino en la Universidad del País Vasco. Estos recorridos personales, con sus cruces y divergencias, muestran hasta qué punto el destino del euskera universitario ha estado condicionado por una red de casualidades, afinidades y azares biográficos.
Treinta y cinco años después de la integración de la línea de euskera de Magisterio en la UPNA —a los que deben sumarse los cuatro cursos en que la Universidad de Zaragoza impulsó la formación bilingüe (1986–1990)—, puede afirmarse que aquella semilla inicial ha resistido. Su historia, hecha de rupturas y continuidades, de conflictos y reconciliaciones, constituye un ejemplo de cómo las instituciones, como los individuos, se definen tanto por los caminos que eligen como por los que dejan de recorrer.
CONCLUSIONES Y PREGUNTAS ABIERTAS: UNA LECCIÓN HISTÓRICA
En perspectiva, el caso navarro invita a reflexionar sobre una paradoja más amplia. A veces, los proyectos que nacen desde fuera, sin pasiones locales ni rivalidades políticas, logran proteger mejor lo que pertenece a todos. El euskera, patrimonio compartido, encontró en la Universidad de Zaragoza una tutela respetuosa y, en la Universidad Pública de Navarra, un espacio todavía en construcción, donde su lugar sigue siendo objeto de debate.
La historia de la enseñanza superior en Euskal Herria muestra así una constante: cada avance lingüístico ha dependido tanto de la voluntad política como de la integridad académica. En ese equilibrio, la Escuela de Magisterio de Pamplona representó un momento singular de convergencia entre cultura, docencia y política. Durante un breve periodo pareció posible articular un proyecto universitario verdaderamente público, laico y respetuoso con el euskera, que integrara a Navarra en una estructura común sin renunciar a su especificidad. Sin embargo, las circunstancias políticas y los equilibrios institucionales desviaron aquel impulso inicial.
El proceso autonómico terminó por consolidar dos modelos distintos: la Comunidad Autónoma Vasca, identificada con el euskera y dotada de una autonomía educativa sólida, y la Comunidad Foral de Navarra, que aprendió a convivir con su dualidad lingüística, sin llegar a integrar ambas tradiciones como un patrimonio común. La creación de un distrito universitario vasco que incluyera a las cuatro provincias habría favorecido probablemente el desarrollo del euskera, pero la opción por una autonomía diferenciada respondió tanto a cálculos políticos como a la presión del contexto histórico.
Quince años después de su fundación, la Universidad Pública de Navarra cerraba su primera etapa entre tensiones y desencuentros, pero también con una línea de continuidad: la docencia en euskera. Aquellos años mostraron hasta qué punto las instituciones están atravesadas por contradicciones y giros imprevistos. Las trayectorias personales y las decisiones colectivas, como se ha visto, evidencian que las circunstancias, más que las convicciones, pueden determinar el rumbo institucional y el lugar que una lengua llega a ocupar, como muestran —a distintas escalas— la Universidad del País Vasco y la Universidad Pública de Navarra.
Décadas después, la situación lingüística del ámbito universitario navarro refleja una evolución perceptible, tanto en la sensibilidad institucional como en la percepción pública. La presencia del euskera en la vida académica es hoy más visible que entonces, aunque la normalización plena sigue siendo un horizonte más que una realidad. La Comunidad Autónoma Vasca ha culminado su propio proceso de institucionalización lingüística, mientras Navarra ha consolidado un modelo de coexistencia en el que el euskera es reconocido, aunque aún percibido como patrimonio de una parte y no de todos.
El tiempo ha mostrado que la integración universitaria del euskera no depende solo de las leyes o de los planes de estudio, sino de una cultura institucional que lo asuma como valor común. El reto, quizá, sea avanzar hacia ese reconocimiento compartido sin repetir las divisiones del pasado.
En última instancia, la historia de la docencia universitaria en euskera en Navarra es también la historia de una tensión no resuelta entre identidad, política y conocimiento. La lengua ha sobrevivido a los cambios institucionales, a las controversias y a los olvidos, manteniendo su presencia como una forma de resistencia cultural y de memoria colectiva. Quizá esa sea su verdadera lección: que incluso en contextos adversos, las lenguas —como las ideas que las sostienen— encuentran siempre espacios donde seguir pronunciándose.
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ANEXOS
ANEXO 1. El euskera, oficial en las escuelas (1975)
Euskera ofizialki eskoletanEspañi’ko Estatu-Buruak, Dekretu baten bidez, eskoletako ateak iriki dizkio euskerari. Eziera-legeak (1970-8-22), “izkuntz-jardunak, JATORRIZKO MINTZAIRARENAK tartean”, agintzen zituen; era berean agintzen, “E. G. B.’ko mailletan SORTERRIKO IZKUNTZAREN LANTZEA”.
Esaldi auen azalduraren zai egon gera urte auetan; sekulan ez ain ongi erana: “jauregiko gauzak, patxada aundiz”. Ondarrean, joan den Maiatza’ren 30’ean, aipatutako Dekretua agertu zen, jatorrizko izkuntzeri buruz eskoletan jarraitzeko bideak irikitzen zituelarik. Jainkoari esker, Euskalerria’n esan leike: “Ofizialki eskoletan sartzen da euskera”.
Urrezko izkietan xixelatuko bear genuke lerro ori; bai ta Agindu-agiriaren eguna ere, egun oroigarria bait da. Ezin uste gabiltz oraindikan, ain beste giroa ezagun dugunok. Euskara ofizialki eskoletan!
Príncipe de Viana (1975, ekaineko gehigarria)
El euskera oficialmente en las escuelas
El Jefe del Estado de España, mediante Decreto, abre las puertas de las escuelas al euskera. La Ley de Educación (22-8-1970) prescribía "las prácticas de habla, entre ellas las que se desarrollaran en LENGUA NATIVA”, así como el CULTIVO DE LA LENGUA NATIVA EN LOS NIVELES DE E. G. B.".
Hemos estado a la espera de la interpretación de estas frases durante años; nunca ha sido tan cierto que: "las cosas de palacio, van despacio". Finalmente, el pasado 30 de Mayo, se promulgó el citado Decreto que abría los caminos que debían seguirse en las escuelas con respecto a las lenguas nativas. Gracias a Dios, en Euskal Herria se puede decir: "Oficialmente el euskera entra en las escuelas".
Deberíamos esculpir esa frase en letras de oro, y también el día de la promulgación de la Orden, ya que es un día memorable. Los que hemos conocido tantas situaciones, estamos todavía sin podérnoslo creer. ¡El euskera oficialmente en las escuelas!
Anteriores a 1987, María Esther Guibert Navaz.
1987, Jose Ramón Pascual Bonís. Año del inicio de la línea de euskera de Magisterio.
Posteriores a 1987, Patricio Hernández Pérez y Josep María Blasco Canet.
2003, 2007. Rector, Pedro Burillo López.
1999, 2003. Rector, Antonio Pérez Prados.
1995, 1999. Rector, Antonio Pérez Prados.
1992, 1995. Rector, Juan García Blasco.
1991, 1992. Rector, Alberto González Guerrero.
1991, 1991. Rector, Pedro Burillo López.
1988, 1991. Presidente de la Comisión Gestora, Pedro Burillo López.
[EUSK] Laburpena euskaraz








